Los serenos de Albacete: los guardianes nocturnos de la ciudad (1905)
Durante décadas, las noches de Albacete estuvieron custodiadas por una figura hoy desaparecida, pero muy presente en la memoria colectiva: los serenos. Mucho antes de la existencia de las alarmas, los porteros automáticos o los modernos cuerpos de seguridad, estos hombres recorrían las calles de la ciudad velando por el descanso y la tranquilidad de los vecinos.
El origen de los serenos en España
La figura del sereno tiene sus raíces en el siglo XVIII. En 1765 se organizó oficialmente el Cuerpo de Serenos en Madrid, aunque funciones similares ya existían con anterioridad. En un principio, además de vigilar las calles, también se encargaban del alumbrado público, encendiendo y apagando los faroles de aceite que iluminaban las ciudades.
Con el tiempo, los serenos se convirtieron en auténticos guardianes nocturnos. Durante sus rondas anunciaban las horas y el estado del tiempo con expresiones que se hicieron populares, como:
- «Las doce han dado y sereno».
- «Las tres y cuarto y nublado».
Su presencia llegó a ser tan habitual que muchas personas dependían de ellos para entrar en casa de madrugada, ya que los serenos conservaban las llaves de numerosos portales.
El reglamento de los serenos de Albacete
En Albacete, el funcionamiento del servicio quedó regulado mediante el «Reglamento por que ha de regirse el Cuerpo de Serenos Municipales y Vigilantes Particulares», impreso en 1905 por la Viuda de J. Collado.
El cuerpo estaba formado por serenos municipales y vigilantes particulares distribuidos por barrios y dirigidos por un jefe denominado Cabo de Serenos. Existía además un sereno de primera clase que sustituía al cabo en caso de ausencia o enfermedad.
Todos ellos actuaban bajo las órdenes del alcalde y eran seleccionados tras comprobarse su conducta y moralidad. Los serenos municipales eran nombrados directamente por la Alcaldía, mientras que los vigilantes particulares eran propuestos por los vecinos.
Los salarios en 1905
El reglamento establecía las siguientes remuneraciones:
- Cabo de Serenos: 1.000 pesetas anuales.
- Sereno de primera clase: 780 pesetas anuales.
- Serenos municipales: 730 pesetas anuales.
- Vigilantes particulares: subvención de 20 pesetas mensuales.
Las rondas nocturnas
Los serenos comenzaban su servicio a las nueve de la noche durante el invierno y a las diez en verano, permaneciendo de servicio hasta el amanecer. A partir de las once anunciaban la hora durante sus recorridos por las calles de la ciudad.
Para comunicarse entre ellos utilizaban un pito o silbato con el que podían solicitar ayuda de sus compañeros en caso necesario.
Mucho más que vigilantes
Sus funciones eran muy variadas. Además de patrullar las calles y prevenir robos, tenían la obligación de:
- Proteger a las personas y sus bienes.
- Auxiliar a los vecinos en caso de enfermedad o necesidad.
- Buscar médicos y medicamentos.
- Impedir reuniones sospechosas.
- Mantener el orden y el silencio durante la noche.
- Vigilar el alumbrado público.
- Hacer cumplir el horario de cierre de tabernas y cafés.
- Colaborar con todas las autoridades de la ciudad.
- Detener a los delincuentes sorprendidos en el acto.
El reglamento también les encomendaba recoger a los niños abandonados y trasladarlos a los establecimientos designados por las autoridades. Asimismo, debían hacerse cargo de las mujeres desamparadas que en aquella época eran calificadas oficialmente como «mujeres perdidas».
Los incendios y las campanas
Cuando se producía un incendio durante la noche, los serenos tenían que avisar inmediatamente al campanero de la parroquia correspondiente para que hiciera sonar las campanas y alertara a la población. También debían informar al arquitecto municipal, a las autoridades y a los miembros del Cuerpo de Bomberos.
Disciplina y recompensas
Las faltas leves se castigaban con la suspensión temporal del sueldo y las graves podían suponer la expulsión del cuerpo. El dinero descontado por las sanciones formaba un fondo común que el alcalde utilizaba para premiar a aquellos serenos que destacaban por el cumplimiento ejemplar de sus obligaciones.
Antiguos militares al servicio de la ciudad
El reglamento establecía que, siempre que fuera posible, los serenos debían ser elegidos entre licenciados del Ejército con buena hoja de servicios.
El final de una profesión histórica
La modernización de las ciudades, la mejora del alumbrado público, la expansión de las fuerzas policiales y, sobre todo, la aparición de los porteros automáticos provocaron la desaparición progresiva de este oficio durante la segunda mitad del siglo XX.
Hoy los serenos forman parte del recuerdo de una época en la que la tranquilidad de las noches albaceteñas dependía de aquellos hombres que, con su silbato, su farol y sus llaves, recorrían las calles velando por la seguridad de todos.


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